La Silla Eléctrica de La Ansiedad

Me desperté preocupado esta madrugada. A veces me despierto así justo antes que salga el sol para dar su calor y brillo. Es como si fuera me picara algo y quisiera rascarlo, pero no sé dónde me pica ni cómo rascármelo. ¿Te ha pasado?

El miedo y la ansiedad no siempre tienen cara. ¿Será que no quieren dar la cara? Las sombras son largas y se prestan para imaginar lo peor, el terror, y un pavor del desconocido. ¿Qué hago?

El pánico me electrifica. Siento la corriente pasar por el cuerpo, encender las emociones, y congelar mi espíritu. Es incómodo. Me incapacita. Me distrae, me preocupa, y me sacude. Se estremece la tierra y comienzo a temblar. ¿Qué voy a hacer?

Me paro y doy unos pasos de un lado al otro del cuarto. Salgo al patio para esperar al sol pero demora en llegar esta mañana. ¿Dónde está? ¿Cuándo llegará? ¿Cuándo sentiré su calor y ver su brillo nuevamente?

Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhelo a ti, oh Dios. Tengo sed de Dios, del Dios viviente. ¿Cuándo podré ir para estar delante de él?

Día y noche sólo me alimento de lágrimas, mientras que mis enemigos se burlan continuamente de mí diciendo:

«¿Dónde está ese Dios tuyo?».

Se me destroza el corazón al recordar cómo solían ser las cosas: yo caminaba entre la multitud de adoradores, encabezaba una gran procesión hacia la casa de Dios, cantando de alegría y dando gracias en medio del sonido de una gran celebración.

¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón?

¡Pondré mi esperanza en Dios! Nuevamente lo alabaré,¡mi Salvador y mi Dios!

Ahora estoy profundamente desalentado, pero me acordaré de ti, aun desde el lejano monte Hermón, donde nace el Jordán, desde la tierra del monte Mizar.

Oigo el tumulto de los embravecidos mares, mientras me arrasan tus olas y las crecientes mareas.

Pero cada día el Señor derrama su amor inagotable sobre mí, y todas las noches entono sus cánticos y oro a Dios, quien me da vida.

«¡Oh Dios, roca mía! —clamo—, ¿por qué me has olvidado? ¿Por qué tengo que andar angustiado, oprimido por mis enemigos?».

Sus insultos me parten los huesos. Se burlan diciendo: «¿Dónde está ese Dios tuyo?».

¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón?

¡Pondré mi esperanza en Dios! Nuevamente lo alabaré, ¡mi Salvador y mi Dios!

¡Declárame inocente, oh Dios! Defiéndeme contra esta gente que vive sin ti; rescátame de estos mentirosos injustos. Pues tú eres Dios, mi único refugio seguro.

¿Por qué me hiciste a un lado? ¿Por qué tengo que andar angustiado, oprimido por mis enemigos? Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen. Que me lleven a tu monte santo, al lugar donde vives. Allí iré al altar de Dios, a Dios mismo, la fuente de toda mi alegría. Te alabaré con mi arpa, ¡oh Dios, mi Dios!

¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? ¡Pondré mi esperanza en Dios!

Nuevamente lo alabaré, ¡mi Salvador y mi Dios!1

Me desperté preocupado esta madrugada. Al sentarme en la silla eléctrica delante de mi Dios Él me llenó de su amor, seguridad, y calor. Me permitió dar la espalda a las preocupaciones de este lugar. Él me recordó que ni la silla eléctrica de la ansiedad puede separarme de su amor. ¿Por qué estar desanimado? ¿Por qué estar triste? ¡Pon tu esperanza en Dios!

  1. Salmos 42-43 NTV